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martes, 27 de julio de 2010

Dar de comer a la bestia

Tenemos un grave problema: una gran rata se ha hecho dueña del campo y se come toda la cosecha y cada cosa que roe la deja putrefacta e inservible.

Hace unos años vimos que teníamos un gato en casa que se le daba bien cazar ratones, pequeños, pero se le veía con mucha habilidad. Pusimos en él todas nuestras ilusiones porque, decíamos, cuando sea mayor se comerá la gran rata que ocupa los campos y no deja nada sano. Todos decidimos darle de comer para que se hiciera grande cuanto antes.

Pero aquel cariño fue mal entendido, y como un niño mimado al que se le concede todo lo que pide, se empezó a creer el dueño de la casa. Rabietas y pataletas cuando no conseguía lo que quería fueron las primeras señales de alarma. Y las uñas, que empezaron a crecerle de manera desmesurada y arañaban a todo aquel que se ponía por delante.

Yo entonces vi que el que parecía gato realmente era una bestia. No quise darle más de comer, pero muchos siguieron como si nada pasara: “no te preocupes”, decían, “si te pones detrás no te araña y no corres ningún peligro”. Pero era mi casa, y me gustaba andar libremente por ella sin tener que pensar si me iba a encontrar con la bestia. No, no podía seguir dándole de comer como si nada pasase, y dejarle que cada vez se hiciera más dueño de la casa, y que atacara y expulsara de ella a todo aquel que no se ponía detrás de él.

Hoy han venido a verle sus padres, sus hermanos, sus primos, todos los miembros de su familia. Y como bestia que es, ha reaccionado atacándoles, sin reconocerles como familia, lanzando zarpazos y cerrando la puerta de su casa para que no entren. “Es mi casa” dice “y aquí sólo mando yo”.

Atónitos todos contemplamos el triste espectáculo. Todos somos responsables de lo que ocurre porque todos empezamos a darle de comer cuando parecía un gato habilidoso. Luego, algunos decidimos andar libres por la casa, con el peligro que tenía de cruzarse en su camino, mientras que otros decidieron seguir dándole de comer, siempre detrás de él, con la esperanza de que cuando creciera se comiera la rata que destrozaba nuestro campo.

Ahora, que no tiene ninguna capacidad ni intención de comerse a la rata, que sólo quiere ser el único dueño de la casa, que ataca a sus padres, y hermanos, y primos cuando intentan comerse ellos a la rata, ¿cómo puede haber alguien que todavía siga dando de comer a la bestia?

Los que siguen dando de comer a la bestia me dicen que queda poco para que salga a por la rata y, cuando eso pase, la rata se comerá al gato pero, para entonces, ellos habrán ocupado los mejores lugares de la casa. ¿Y no os importa que la rata se siga comiendo la cosecha? ¿Y no os importa que la casa se resquebraje por falta de mantenimiento, y que sus padres, hermanos y primos se enfaden con nosotros por no haberles permitido que nos ayudaran a cazar la rata? “No”, me responden, “a nosotros sólo nos importa estar situados en el mejor sitio de la casa para cuando venga el siguiente gato al que haya que enseñar a cazar”

PD. Que nadie vea dobles lecturas. Es sólo un cuento, que he escrito para mis hijas adolescentes; quizá por eso me ha quedado un poco de terror. Este verano me pensaré si le cambio el final he incluyo un hada madrina que convierta la rata en un pequeño hamster y mande al gato a cazar ratoncitos de nuevo. Es que, en el fondo, sigo añorando cuando mis hijas eran pequeñas y, los cuentos, felices.

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