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domingo, 12 de abril de 2015

Os he acompañado. Sobre Julio Llamazares y sus “Distintas formas de mirar el agua"

Nota antes de empezar: Con este texto no hago ningún spolier, como se dice ahora, o no me cargo el final del libro, como se decía antes, ya que no desvelo nada que no se sepa en las primeras páginas del libro. Los que lo hayáis leído lo entenderéis. Los que no, sólo informaros que éstas son notas en las que pensaba conforme lo leía, que son mías, y que vosotros sacaréis vuestras propias conclusiones cuando lo leáis, si lo hacéis.

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Os he acompañado, he estado con vosotros siguiendo el último viaje del abuelo Domingo, lo suficientemente lejos como para que mi presencia no os incomodara, pero todo lo cerca que podía para escuchar vuestros pensamientos. Sí, sé que no pintaba mucho allí, pero Julio ha querido mostrarnos el camino, y yo lo he seguido.

He seguido la senda que me conducía de la Castilla llana, ardiente, a la otra Castilla, a la leonesa, donde las montañas se yerguen majestuosas y se imponen sobre el paisaje. En el camino, con el aire cubierto por el aroma del trigo en abril, apenas más que yerba, apenas más que campo verde, plano, inmenso, he podido pensar en la muerte de mi padre. Y más que en su muerte, en su entierro. Sí, él era de esa Castilla que se extiende hasta el infinito, de esa Castilla que le acogió en su nacimiento y en su niñez pero que le expulsó en su juventud. Es la misma Castilla la que acoge a Domingo exiliado y la que exilia a mi padre. Le gustaba. Siempre decía que aquellos paisajes donde podía relajar la vista y llevarla hasta el horizonte eran sus paisajes preferidos. Las montañas le oprimían y parecía como si entre ellas le faltara el aire. Vivió casi toda su vida en Madrid y un cementerio de Madrid le acogió. Tal vez no pudo, o no quiso pedirle a ninguno de sus hijos que le llevaran a su tierra. No sé si no pudo o si no quiso. No sé. Y esa duda me ronda en la cabeza desde que he escuchado la historia de Domingo por vuestras bocas. Puede que Domingo y mi padre tuvieran dos formas distintas de ver esa Castilla que les dio la vida, pero ambos amaron enormemente su tierra, su pueblo, sus recuerdos de años jóvenes, sus ilusiones rotas. Sí, la amaban y les dolía en lo más profundo ese amor.

Con vosotros he pasado de esa Castilla extensa al León que rompe el horizonte con sus crestas montañosas.

Mientras os acompañaba he pensado mucho en esa decisión que hay que tomar cuando la duda se plantea entre el derecho de unos pocos y el bien común. Sí, es difícil de resolver. Cuando de tu mano pende la posibilidad de quitar a unas personas su tierra, su hogar, sus vecinos y sus compañeros, sus esperanzas, quitárselo casi todo porque el bien común prima sobre todo lo dicho. Qué difícil. Sí, y se trata de un bien común importante, que permite mejorar los regadíos, garantizar agua potable a la población, obtener energía verde, no contaminante,  que se puede obtener siempre que se quiera. Ese bien común tan esencial hace que la decisión sea más dura de tomar. Saber que hay personas que se van a ver muy afectadas por tu decisión es dramático. Siempre he pensado que el bien común debía primar, pero vuestra historia, la vida de Domingo, me ha hecho entrar de lleno en la duda. Tal vez no tanto por mantener ese principio de supremacía del bien común, sino por quién o quiénes deciden cuál es el bien común. Viendo lo que veo últimamente pienso en señores con traje marcando líneas sobre un mapa extendido sobre una mesa de una amplio despacho, marcando rayas que destrozan personas. Qué poder tiene ese rotulador y qué peligroso es. Vale para los que un día con su rotulador aplastaron a Domingo, vale para los que ahora mismo, en cualquier ayuntamiento, están dibujando el plan urbanístico, y para los que lo dibujaron burbujeando, o desde cualquier Comunidad Autónoma, o desde cualquier ministerio. Y los que usan el rotulador pasarán a la historia por haber hecho una gran obra, y el abuelo Domingo quedará en el anonimato sin esperar que un escritor quiera dedicarle tiempo. Cuántos Domingos hay, y cuántos Domingos habrá. Y qué pocos señores del rotulador irán a hablar con Domingo antes de volcar sus líneas para ver cuál es la mejor manera de trazarlas.

He visto con vosotros los grandes campos de Castilla surcados por grandes líneas rectas trazadas primero con azada, luego con arado, con burro, luego con tractor. He visto con vosotros las grandes montañas horadadas formando terrazas para cultivo, o libradas de árboles para pastos, o salvajes como cuando la Naturaleza decidió ponerlas ahí. He olido el perfume de las flores que en abril avanzan lo que será mayo, y con su olor entraban en mí vuestros pensamientos, variados, modelados por vidas distintas, pero en los que siempre he visto un enorme respeto por Domingo.

En la Castilla del Cid que conquistó castillos, también nació Domingo que, también expulsado de su tierra, conquistó otra y la transformó palmo a palmo, callo a callo. Antes sólo veía el agua como el río que nos lleva. Ahora, además la veré con los ojos de Domingo y de todos vosotros. Son formas distintas mirar el agua, pero que se complementan.


En recuerdo a Domingo, y a mi padre, he dejado una flor en la laguna y otra en el pantano. Nadie me ha visto, nadie las ha visto, nadie sabe qué hacen ahí, excepto vosotros.

sábado, 21 de marzo de 2015

HOMENAJE A MAIAKOVSKI

Las sábanas arrugadas me quieren echar a patadas. Yo os pateo, sábanas, mantas, colchas que intentáis taparme mientras queréis expulsarme. Dejadme en paz, dejadme que me muestre desnudo a todo aquel que venga. Estoy enfermo, sí. La fiebre me quema la cabeza. Apartad ese termómetro. Qué sabrá él de fiebres. La cabeza me arde y el pecho se llena de contaminación y de miasmas. De sangre. Los pulmones recogen la sangre que le sobra al corazón y se encharcan hasta que la escupo sobre la acera. Aceras llenas de escupitajos, rotas, cansadas de soportar pies que las pisotean y que las ignoran. Decís que he muerto, pero todavía no. He quitado la paja que me cubría y se  ha quedado un grano verdadero. El que no me cubra ya la paja no quiere decir que haya muerto. Mi garganta llena de gritos lo confirma. Grave grita verdades. Cuchichead, cuchichead sobre mi muerte en las orejas de los ignorantes. Los granos que quedaron aún me llaman. Son más que los dedos de la mano, pero son menos que los de las dos manos. Iré a la cocina a por el cuchillo y me cortaré los dedos que me sobran. Llenaré la cocina de sangre, la arrastraré por los pasillos y las aceras. Mostraré mis dedos cortados a todo aquel que los quiera ver. No, no sangraré estos versos. No sé cómo hacerlo. No puedo cortar las frases que salen como un grito. Es un grito continuo lleno de toses. Levántate. Pasea desnudo. Los edificios llenos de cristales reflejarán el cuerpo deforme, enfermo. La fiebre será vista, como una camisa rasgada. Ellos dejarán que las lenguas viscosas se acerquen a sus orejas y penetren en su cerebro hasta reblandecerlo y convertirlo en una masa blandengue. La fiebre me protege de esas lenguas. Y la sangre les aparta. Si no queréis escuchar sangre, no me miréis. Alejaos. Dejadme con el grano. Paja y sábanas que con un ligero viento os marcháis. Id, volad, no os quiero cerca. Así todos podrán ver mis pulmones encharcados, mi garganta llena de gritos, mi piel supurando. El estómago me duele duro. Vomitaré. Expulsaré cosechas y gases. Cubriré edificios con fiebre y sangre. Roto, despedazado, me mostraré al mundo.

Nota para los fieles: no os preocupéis por mi salud mental. Que simplemente he releído a Maiakovski y quería hacerle un homenaje. Que si eso, otro día, hablaré de lo bonita que es la primavera.


martes, 17 de febrero de 2015

Han pasado 25 años

Han pasado 25 años de aquel 17 de febrero de 1990. No fue el día más feliz de mi vida, para nada. Los nervios que me comían, literalmente, habían hecho que adelgazara como nunca, como nunca antes había estado y nunca más volvería a estar. Hasta aquel traje de talla mini me entró holgado. Demasiados nervios, demasiado estrés, demasiados familiares y amigos a los que atender, demasiado de todo como para poder considerarlo el día más feliz de mi vida.

Sin embargo si fue el día más importante de mi vida. Aquel 17 de febrero cambió mi vida para siempre, dio un vuelco radical, cambió para bien, para muy bien. Fue como si ese día me hubiera tocado la lotería y, desde entonces, vivo gracias a esa lotería de la que aún queda mucho por gastar.

Fue en ese cine, ¿te acuerdas?, en una mañana al este del Edén, cuando nos conocimos, hace ya más de treinta años. Ese cine donde trabajábamos ya no existe, pero esta canción nos ha acompañado siempre y siempre la hemos recordado como el inicio. Después, cinco años y medio después, nos casamos, el 17 de febrero. Si hubiéramos esperado un poco más, al 20 de abril del 90, hubiéramos tenido otra canción. Pero fue en febrero, en un día precioso, despejado, en el que el Sol nos ayudó a que todo saliera bien.

Desde entonces hemos compartido mucho, todo. Hemos compartido trabajos, desvelos, sueños, buenos y malos ratos, situaciones económicas difíciles y otras que no tanto, piso de alquiler y piso que será en propiedad dentro de 10 años, cuando dejemos de pagar la hipoteca. Y hemos compartido lo más importante de nuestra vidas, nuestra hijas, Ana y Eva.

Nos hubiera gustado repetir, ahora que hacemos 25 años, nuestro viaje de novios a Tenerife. Pero…no ha podido ser…tal vez el año que viene… Nunca podremos agradecer bastante lo que hicieron tus tíos Pepe y Elvira, que nos cedieron su casa en Tenerife para que pudiéramos tener aquel viaje. Pero bueno, nos hemos hecho un tour por la provincia de Ávila este fin de semana largo…

Tú, que te merecías un príncipe o un dentista que te llevara a Tenerife o más allá, te quedaste conmigo y aún sigues, después de 25 años. No sé lo que pasará en el futuro, pero parece que una vez superadas estas bodas de plata, parecen mucho más alcanzables las de oro. Igual es una meta muy lejana y es mejor pensar como hasta ahora, en seguir dentro de un rato, mañana, la semana que viene. Y así, poco a poco, seguir construyendo aquello que empezamos hoy hace 25 años, aquel 17 de febrero de 1990.

Volvería a repetir aquel día, lo repetiría una y mil veces, y volvería a decir aquel sí quiero.


Pero aquello ya paso. Hoy, sólo puedo decirte que te quiero y que me gustaría pasar el resto de mis días contigo. ¿Te apuntas?

domingo, 18 de enero de 2015

Vacío...

Cuando voy a escribir sé que es lo que quiero decir y sé la frase con la que empezar. Ahora no. Ahora no sé que decirte, las ideas se quedan bloqueadas. Pero tengo que hablarte. No, no puedo enviarte un simple mensaje de ánimo. Ni siquiera sé cómo darte ánimos.

El vacío, ese vacío al que, por mucho que diga el sinvergüenza del ministro, todos tememos, se ha presentado ante ti y no hay otro camino que seguirle. ¿52? años y al paro. A la calle porque tu jefe ha decidido que, como se jubilaba, cierra la empresa. Sí, hay también motivos económicos para el cierre, pero se habían conseguido sortear, torear durante estos años, y había muchas posibilidades de que, con la adaptación imprescindible a las nuevas tecnologías, se hubieran conseguido superar. Pero no, el jefe había decidido que su obra terminara con él, y no quería cambios. Su decisión te pone ante el vacío y te dice “salta”.

He pensado muchas veces en ese vacío. He querido estar preparado mentalmente para cuando ese vacío me llegara, para cuando mi jefe, o yo, decidiéramos que era hora de enfrentarme a él. Y con todo lo que he pensado, no sé decirte ninguna conclusión, no sé ofrecerte una salida, no sé cómo debes enfrentarte a él.

Culpas, pensar en las culpas. Es posible que ahora estés revisando mentalmente lo que has hecho. Si deberías haberte ido cuando…, si deberías haber aceptado aquello que te ofrecieron…, si deberías haber preparado la salida cuando empezase a ver que el vacío llegaba… Sí, podías haber tomado muchas decisiones en la vida que hubiesen cambiado este momento, pero nunca se sabe. Seguro que en cada momento tomaste la decisión que creías más acertada, aquella que creías que era mejor para ti, para tu carrera profesional, para tu familia. No, no hay culpas propias, no debe de haberlas. Otro ha tomado la decisión por ti.

Pero el vacío sigue presente. Con el paro y la indemnización tendrás dos años, tres si te administras bien, pero el vacío llegará. Bien, se puede dedicar más tiempo a la familia, a leer todos esos libros que están pendientes… no, eso es una visión demasiado bonita. Porque estarás pensando en los gastos superfluos a eliminar, cuando llevas años eliminándolos; estarás pensando en cómo vas a pagar la universidad de tus hijos, que ya llegan; estarás pensando en un futuro inmediato que se acerca a la carrera.

Reciclarse. Esa es una de las salidas que proponen, intentando que el peso de la culpa recaiga sobre ti. “Si no te colocas es porque no te reciclas”. A la mierda el reciclaje. Eres profesional, que has conseguido trabajar durante un montón de años en aquello para lo que te habías preparado en la universidad, aunque no exactamente, sí al menos en el sector. Eres profesional con formación y experiencia. Te dicen que lo que tienes que hacer es convertirte en becario de algo que no sabes, ni te gusta. A la mierda el reciclaje.

Competir. Competir en las ofertas de empleo con jóvenes recién licenciados que serán capaces de trabajar hasta gratis con tal de obtener esa experiencia que les van a exigir en cualquier trabajo. Una mierda de jefe de personal, perdón, de recursos humanos, leerá que tienes más de 50 y pensará que estás acabado y que, encima, seguro que quieres tener derechos laborales. Con lo fácil que es contratar a un joven al que explotar bajo la amenaza de mandarle a Alemania. Y los hay buenos, que sé que hay empresarios decentes, pero no pueden competir si los de la empresa de al lado trabajan con esclavos. Competir por un puesto de trabajo de esclavo, que en muchas ocasiones ni siquiera te garantiza casa y comida… A la mierda el competir.

Hay, sí, una pequeña salida en esa competición. Que un amigo-conocido sepa cómo trabajas, que te conozca lo suficiente como para saber que tu formación y experiencia es mucho más importante que tu fecha de nacimiento. Es una salida, es una  posibilidad a explorar.

Autoempleo. Creo que sí, que ésta es la única salida real. Es lo que podemos y debemos probar. Solo o formando una cooperativa con amigos en tu misma situación. ¿De qué?. Eso ya no sé. Puede ser haciendo eso que siempre ha sido tu hobby e intentando sacarle una rentabilidad económica, o haciendo tu trabajo, el de siempre, pero de forma autónoma, aprovechando las nuevas tecnologías. Sí, para mi es la mejor posibilidad, y no sé si lo es para ti. Pero seguir metido, como trabajador, en un mundo de empresarios sinvergüenzas o que les obligan a serlo, en un mundo donde compites con jóvenes que renuncian a sus derechos… no, la salida pasa por evitar ese mundo.

Sé que plantearlo es fácil. Empatía, a la mierda la empatía. Por mucho que quiera, por mucho que lo haya pensado, no estoy en esa situación. Aunque vea que el vacío va a llegar, no estoy frente a él. Y sé que es fácil teorizar sobre qué hacer, pero sólo tú estás mirando el vació de frente. Teorías, a la mierda mis teorías.

No sé. No te habrá servido de mucho lo que te he dicho, pero tampoco sé que otra cosa decirte. “Ánimo”, “sé fuerte”, “estoy para lo que necesites”, “qué cabrón tu jefe”…. Estas palabras podían haber sido la respuesta a tu mensaje. Pero mereces más y no sé como decírtelo, no sé que decirte.

Sí, sigue habiendo miedo a perder el trabajo, mucho miedo. Sigue vigente una reforma laboral que ha destrozado el mundo laboral y que no se arreglará con un  cambio legislativo. Requerirá de años, puede que de generaciones, para que los trabajadores volvamos a tener derechos, los derechos que habíamos conseguido y que con una ley nos han robado. Como en todo robo, hay posibilidades de detener a los ladrones, pero es muy difícil que te restituyan todo lo robado.

Sé que no es lo que esperabas. Sé que podría haberte dibujado un panorama más esperanzador, decirte que el vacío es sólo una sensación que puedes llenar con una familia que te quiere, con unos amigos que siempre estarán a tu lado, con unas posibilidades que están ahí y que no tienes más que probarlas. No, me ha salido todo mucho más deprimente, que seguro que no te ayuda.

Pero sí, de verdad, inténtalo. Eres una persona inteligente, preparada, rodeada de mucho amor, y seguro que si lo intentas lo consigues. Aunque suene mal la frase, la solución pasa por buscarse la vida. Y  tú tienes muchas herramientas para que esa búsqueda sea satisfactoria.

Termino diciéndote que tu jefe es un cabrón, que mucho ánimo, que tienes que ser fuerte y que estoy aquí para lo que necesites. Termino diciéndote que no te dejes acojonar por el vacío, que pelees por mantenerte, por estar y, sobre todo, por ser. Termino diciéndote que no sé que decirte y que esta carta es una mierda de carta. A la mierda la carta.








jueves, 1 de enero de 2015

Balanceando

Hola, espero habértelo dicho ya pero, por si acaso se me ha pasado, gracias. Gracias por haber estado ahí.

Gracias por estar conmigo cuando mi madre, para poder descansar, se marchó. Fue una forma difícil de empezar el año… Luego, como todos los años, ha habido cosas buenas y malas. Pero quien mal empieza…

Gracias por haberme ayudado a desarrollar una actividad en el instituto que me llenaba, y donde he podido conocer a personas increíbles, tanto las que se sentaban en las mesas de ponentes como las que asistían como público.

Gracias por compartir el trabajo que, dicen, tengo que estar contento por tenerlo. Pero la amenaza del ERE que, finalmente, conseguimos parar, y la presión brutal de los últimos meses que me ha llevado al borde de la depresión, no me deja claro en qué platillo de la balanza colocarlo.

Gracias por haber comprendido mi marcha de la política con carnet.

Gracias por estar conmigo en el grupo de teatro, o por haberme ido a ver, y por perdonar todos los errores cometidos por este aprendiz.

Y gracias porque, a pesar de haberte defraudado en muchas ocasiones, no has dejado de estar a mi lado. Lo de antes son cosas que me han pasado, pero que han afectado mucho a mi forma de ser y de estar. Mi carácter, cada vez más huraño, cada vez más cascarrabias, no es fácil, lo sé. Hay muchos momentos en que ni yo mismo me aguanto y valoro muchísimo que tú seas capaz de hacerlo.

Lucila, Ana y Eva han sido unas compañeras de viaje fantásticas, y saber que tengo un refugio donde están ellas me ha ayudado en este continuo andar y desandar caminos. Andares y desandares que he hecho en su compañía, y en la tuya.

No sé lo que deparará este año que comienza. Traerá cosas buenas, cosas malas, y cosas mediopensionistas, como todos. Pero saber que estarás ahí, que podré encontrar tu mano en la orilla cuando el río se embrave, me permite mirarlo con optimismo.  

Si has empezado a leer esto y, sobre todo, si has llegado hasta el final, que sepas que lo que he escrito lo he hecho pensando en ti. Y seré la persona más feliz del mundo si, cuando acabe el año, he podido andar con tu mano unos metros del camino que me espera. Aunque sea de forma virtual, aunque sea pensando en tu ejemplo, aunque sea imaginando el consejo que me darías.

Me gustaría comprometerme y decirte que yo estaré ahí cuando lo necesites, pero ni siquiera soy capaz de asegurarlo. Por eso valoro mucho más el que estés.

De verdad, muchas gracias.