DEFENDIENDO LA EDUCACIÓN Y LA SANIDAD PÚBLICA. DEFENDIENDO EL ESTADO DEL BIENESTAR.

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lunes, 10 de noviembre de 2014

2.700.000 razones presupuestarias

Estos días, en todas las administraciones, se están estudiando los presupuestos para el año que viene. A unos, después de un trabajo de cuadre, les toca defenderlos. A otros, detectar sus deficiencias y plantear cambios presupuestarios. Yo mismo hice este trabajo de crítica durante algunos años con los presupuestos de Barajas.

Tengo que reconocer que lo hice mal. Y creo que el mismo error que yo cometía se va a volver a repetir en todas las administraciones. Por eso, entonando primero un mea culpa, creo que hay que cambiar la forma de debatir los presupuestos.

En mi caso, el PP, que gobierna en Madrid y, por tanto, en el distrito de Barajas, planteaba una serie de partidas presupuestarias. Yo miraba cuánto se dedicaba a cada tema, si aumentaba o disminuía, y proponía movimientos de dinero de una partida a otra, según el interés que tuviera en determinados asuntos. Creo que es un error de concepto que nos impusieron los economistas y en el que caí.

Unos presupuestos deben marcar primero el objetivo. Primero deben definir el fin y luego poner todos los medios para conseguirlo.

Hay partidas que no se pueden eliminar, como las del pago a los trabajadores de la administración, o las de pago de luz, agua, material de oficina o cualquier otro necesario para que los trabajadores hagan su trabajo. Todas las demás, todas, deben ponerse en cuestión.

Estamos en una situación de emergencia nacional y, como tal, debemos encaminar todos nuestros esfuerzos en eliminar esa emergencia. Cuando diversas ONG dicen que en España hay 2.700.000 menores pobres, eso es una emergencia, y debemos poner todos nuestros recursos para eliminarla.

Lo primero que sería necesario saber es cuántos menores pobres conviven con nosotros. Convocar en una reunión a los Servicios Sociales del Ayuntamiento, a los directores de los centros educativos, a los representantes de las ONG que trabajan en el distrito, pueblo o ciudad, y cuantificar uno a uno todos los menores pobres. Siguiendo el caso de Barajas, me gustaría saber si son 27, o 72, o 356. Con la lógica protección de datos, es necesario saber cuantos menores necesitan la colaboración de la sociedad en la que viven para eso, para vivir, para tener una vida digna.

Una vez cuantificados, proponer los medios para que salgan de su situación de pobreza. Aquí expongo unos cuantos, que puede ser o que se pueden modificar, o ampliar. Lo importante es que cada administración entienda que ese es su objetivo y que hay que poner los medios para cumplirlo.

1.- Garantía de desayuno, comida y merienda gratuita. Los menores escolarizados, a través de sus centros educativos. Los que, por edad, aún no lo están, con aportaciones de alimentos infantiles directamente a sus familias. En estos casos, incluyo también pañales y cualquier otro artículo necesario para su higiene.

2.- Garantía de ropa y calzado gratuitos. Establecer unos criterios básicos de renovación de vestimenta (¿un chandal, dos pantalones, dos camisetas, dos jerseys, un abrigo, unos zapatos, unas deportivas, cuatro juegos de ropa interior?) y garantizarlos.

3.- Garantía de libros de texto y material escolar gratuitos, así como costes de salidas y excursiones. Que no haya ninguna diferencia en el centro escolar entre los menores.

4.- Medicinas gratuitas para los menores pobres, con una tarjeta sanitaria gratuita. Derecho a la salud efectivo.

5.- Garantía de recursos energéticos. Que a ningún menor le falte en su casa luz, o agua caliente, o calefacción. Lógicamente, los que tienen casa. Si hay menores viviendo en la calle, el objetivo prioritario debe ser facilitarles una vivienda.

6.- Trabajo para los padres/madres de los menores pobres, especialmente para aquellos con dos o más menores a su cargo. Esto se puede hacer ofreciendo ayudas a empresas, o facilitando el autoempleo, o contratándolos directamente desde las diferentes administraciones. Las primeras medidas son de implantación inmediata para paliar la emergencia nacional; esta medida tiene un plazo de implantación un poco más largo, pero es el que quieren los padres y madres. Quieren ser ellos los capaces de mantener a sus hijos, y debemos facilitárselo. Cuanto más se avance en este punto, más se reducirán las partidas destinadas a los puntos anteriores.

Para desarrollar este punto, dado que las agencias de empleo se han mostrado completamente incapaces, crearía, en cada municipio, una asociación a la que invitaría a participar a los jubilados con conocimientos laborales y empresariales, y a todos aquellos trabajadores activos que quieran colaborar. Deberían tratar caso por caso, persona por persona, y buscarles una salida laboral.

Una vez cuantificados los menores pobres, realizar la multiplicación necesaria por los puntos anteriores, y decidir qué administración, en el ámbito de sus competencias o no, se encarga de llevarlo a cabo. Pero debe llevarse a cabo en cualquier caso. Si una administración no participa, tendrá que responder el año que viene ante sus electores. Y las administraciones que participen deberán asumir “competencias impropias”.

Pero creo que es un tema que merece un gran pacto. O múltiples grandes pactos, en cada ayuntamiento, en cada comunidad autónoma, a nivel estatal. Es una situación de emergencia nacional y debemos tratarla como tal. No podemos llamarnos sociedad civilizada si nuestros menores pasan hambre, o frío, o no pueden vestirse, o no pueden tomar medicinas, o no tienen libros para estudiar. Como siempre se dice de la educación, el dinero invertido en nuestros menores no es un gasto, sino una inversión que rendirá sus frutos inmediatos y sus frutos de futuro, de una sociedad mejor.

Creo que todos entenderíamos que no arreglen el bache de mi calle, o que no se construya el centro cultural o educativo esperado, o que las fiestas se hagan con presupuestos mínimos, o que no se amplíe determinada autopista, o que tengamos que esperar un año para conseguir algo que venimos reclamando hace tiempo, todos lo entenderíamos si supiéramos que no se hace porque el dinero va destinado a nuestros vecinos menores pobres.

O si las cuentas no salen, tal vez deberíamos plantearnos subir algún impuesto. Me quejaba hace poco de que el ayuntamiento me va a cobrar casi 500 euros en IBI y basuras. Pues bien, no me importaría que me cobrase algo más para esta situación de emergencia nacional. O en el IRPF, o donde sea.

Es evidente que son necesarios más inspectores fiscales para acabar con el fraude, y más inspectores laborales para acabar con el trabajo en negro, pero estas son medidas que necesitan tiempo, y nuestros menores que hoy no pueden comer no tienen tiempo. Ojalá dentro de un año los presupuestos puedan plantear otras prioridades, pero este año, para mí, ésta debe ser la prioridad. Ojalá el aumento de la inspección y, por tanto, de la recaudación, así como las medidas de fomento de empleo para los padres y madres de los menores, consigan que éste sea un tema olvidado. Hoy hay que actuar directamente sobre las necesidades, y cubrirlas.

Insisto en que son medidas para tomarlas ya, debido a la emergencia nacional. Me podrán decir, y yo mismo me lo digo, que las medidas educativas o sanitarias o de alimentación deben destinarse a todos los menores, sin distinción. Me podrán decir que hay otros colectivos, como el de los mayores, que también necesitan medidas específicas. Ojalá ese sea el objetivo del año que viene, o del otro. Pero mientras haya unos menores sufriendo, primero debemos ocuparnos de ellos, ya.



domingo, 26 de octubre de 2014

Saber enciclopédico

Hoy voy a deshacerme de algunas enciclopedias. Unas completas, otras con un único volumen, pero que representan una forma de conocimiento que ya no es práctico. Sus contenidos los tengo ”a un clic”, y necesito el espacio que ocupan para poder poner otro tipo de libros que ahora sufren amontonados, sin que se les pueda leer ni siquiera el canto.

He preguntado y, ni bibliotecas, ni asociaciones, ni nadie las quiere. Irán al contenedor de papel. Si alguno veis algo que os interese, decídmelo antes de esta tarde, que será cuando tomen su camino hacia un futuro incierto.

El saber enciclopédico tuvo su razón de ser hace siglos, cuando era necesario compendiar el conocimiento, unificarlo, uniformarlo, decidir qué era académicamente aceptable y qué no, cuando el poder podía controlar el saber.

Sin embargo, aunque toda la información la tenemos a un clic, seguimos juzgando el conocimiento  de los menores, que participan de una enseñanza secundaria obligatoria, por su capacidad para memorizar conocimientos enciclopédicos. Decimos que superan con éxito la enseñanza obligatoria si  han sido capaces de memorizar la tabla periódica de elementos, o los ríos de África, o los reyes godos, o las conjunciones copulativas, o el teorema de Pitágoras, o tantas y tantas cosas que no hay más que darle al buscar del ordenador para tenerlas. Y decimos que sufren fracaso escolar, o que no cumplen las expectativas, o cualquier otro eufemismo,  aquellos alumnos que no han memorizado esos datos, o que, habiéndolos memorizado, no han sido capaces de reflejarlos en un examen.

Profesores que vigilan que en los exámenes no se lleve material, ni libros, ni papeles, ni móvil, ni ordenador. Profesores que evalúan la capacidad memorística de sus alumnos, pero que apenas evalúan la capacidad de llevar a la práctica los datos que tienen a un clic. Profesores que se ofenderán al leer esto.

Imaginemos una pregunta de examen: Describe el entorno, realizando una circunferencia de un kilómetro alrededor de la puerta del instituto. Dibuja las calles, la situación de las aceras y del mobiliario urbano, las especies vegetales y animales que viven en él, los edificios de viviendas, los industriales o empresariales, la actividad económica del entorno, la pirámide de población, sus datos culturales y económicos, los edificios públicos, los servicios gratuitos y los de pago. Describe las necesidades de las personas que viven en las proximidades de tu instituto y plantea cómo cubrir aquellas que encuentres con déficit.

Un porcentaje mínimo, muy mínimo, de los alumnos de la enseñanza secundaria obligatoria, serían capaces de responder a esta pregunta. Y puede que nos sorprendiera que muchos alumnos a los que se engloba dentro de los “fracasados” obtuvieran mejor nota que otros “de 10”. Pero ese mismo porcentaje es aplicable también a sus profesores, y a los padres y madres de los alumnos. Es una pregunta que debería ser fácil, pero a la que casi nadie es capaz de responder.

Pero sigamos valorando, sigamos diciendo que superan con éxito la enseñanza secundaria obligatoria, a aquellos alumnos que han sido capaces de memorizar para un examen los ríos de Asia o la tabla periódica.



lunes, 15 de septiembre de 2014

Me marcho

Hace unos años, Lucila, mi mujer, y yo, decidimos afiliarnos al Partido Socialista. Queríamos conseguir una sociedad mejor para mis hijas, sociedad que el primer gobierno de la derecha estaba empezando a destrozar.

Ahora, hoy, hemos decidido darnos de baja. No voy a hablar en nombre de Lucila, únicamente en el mío.

No quiero culpabilizar a nadie de mi decisión. Si hay alguna razón que aglutine más o menos a todas es el cansancio. Estoy sin fuerzas para continuar.  Cuando me afilié, sabía que tenía que luchar contra el muro que tenía enfrente, el de la derecha. Y estaba preparado para ello. Luego aparecieron muros laterales que también amenazaban, y aunque agotaban más de lo previsto, conseguí sacar fuerzas. Últimamente el muro de la espalda, el que debería proteger, también avanza. Y para eso ya no me quedan fuerzas, ni ganas. Estoy cansado.

Podría seguir siendo lo que siempre he criticado: un militante de carnet que no hace nada y espera que pase el temporal, o los temporales. Pero no soy así. Siempre, desde que me afilié, he dado todo lo posible de mí, y no sé ser sin estar.

Por eso no tengo otra salida que marcharme.

Me siento orgulloso de mi trabajo, aunque siempre podía haber hecho más. Me queda un sabor agridulce. Puse mi grano de arena para que ganara Zapatero, pero no he conseguido cambiar la Comunidad ni el Ayuntamiento de Madrid. Decía al principio que me afilié para dejar una sociedad mejor para mis hijas. Es evidente que he fracasado y que la sociedad que les estoy dejando es mucho peor que la que yo conocía cuando me afilié.

He aprendido mucho de l@s compañer@s con los que he estado esto años y, espero y deseo que nuestra relación se mantenga.

Siento especialmente dejar mi puesto en el Consejo Escolar del Instituto Alameda de Osuna donde, creo, he hecho un buen trabajo dinamizando culturalmente las tardes de estos dos últimos años. Tenía muchos proyectos para este año que no podré llevar a cabo, pero estoy seguro de que la persona que me sustituya hará una estupenda labor. Podría quedarme pero, por ética, renuncio.

Me marcho sin irme a ningún sitio. Sigo pensando que las ideas de izquierda que encarna el Partido Socialista son las mejores. Ni me voy con quienes quieren acabar con la democracia ni con quienes quieren acabar con el Estado del Bienestar, ni con quienes quieren acabar con ambas cosas.

Por ideas seguiré votando al Partido Socialista, siempre que las personas que las vayan a llevar a cabo merezcan mi confianza. Y estaré encantando de apuntarme para votar cuando se hagan primarias abiertas a la ciudadanía.

Se acaba una etapa. Empiezo otra que no tengo aún claro cual va a ser. En cualquier caso, como digo en mi blog, seguiré luchando por los más desfavorecidos. Dejo esa declaración de principios que me ha guiado estos años y que espero me guíe en el futuro:

Mirar desde la izquierda significa tener siempre presentes a l@s más desfavorecid@s.

Significa analizar los problemas y plantear las soluciones con el diálogo constante con l@s ciudadan@s y las asociaciones que los representan; es creer, de verdad, en la participación ciudadana.

Mirar desde la izquierda es creer en las políticas que buscan corregir las desigualdades.

Es estar comprometido con los valores de libertad, igualdad, solidaridad, justicia social y democracia.

Este blog es una mirada desde la izquierda. Sin apellidos. Simplemente izquierda.


PD.- He dicho lo que quería decir, y no he dicho lo que no quería decir. Por favor, que nadie deduzca lo que no digo. Y si alguien pone algún comentario, permitidme que no conteste. Esto está terminado así.

jueves, 7 de agosto de 2014

Un tiro en la barriga

Estar tirado en mitad del salón con un tiro en la barriga no era el plan que tenía para esa tarde. La verdad es que no tenía ningún plan. Esperaba dejar pasar las horas hasta la llegada de la noche, momento en que la cama le esperaría para transportarle a un mundo donde no fuera necesario pensar.

No le gustaba lo de morir de un tiro en la barriga. Esperaba que en los telediarios cambiasen esa expresión tan vulgar por algo más anatómico, más científico. Un tiro en la tripa tampoco era lo que esperaba…. en el abdomen, eso, un tiro en el abdomen era mucho más profesional. Le parecía que morir de un tiro en el abdomen le devolvía algo de su cuerpo que hacía años que había perdido, desde que la barriga se apoderó de esa zona para no soltarla. Tampoco había hecho muchos esfuerzos por librarse de ella. Era el stress, la ansiedad, el no tener nada que hacer, lo que le llevaban una y otra vez a abrir la nevera buscando algo de comer. La mayoría de las veces no encontraba nada o, al menos, nada que le apeteciera comer. Pero el levantarse a la nevera era un ritual que mantenía, aun cuando sabía que la nevera estaba vacía.

A él le gustaba mucho ir al mercado a comprar, aunque cada vez podía hacerlo menos. Llegar al puesto de la fruta y preguntar por “la última” era algo que, como un ritual, realizaba con esmero. Antes, se había lavado bien, se había dado algo de jabón en las axilas para evitar los olores, y se había puesto la camisa recién planchada. No quería que, a pesar de su situación, los demás se sintieran incómodos con su presencia, y procuraba mantener un aspecto agradable. Algunas veces intentaba comenzar alguna conversación con “la última” y, cuando era correspondido, era su día de suerte. Ese día, al menos, podría hablar dos o tres minutos con alguien. Se sorprendía escuchando su propia voz, se sorprendía de ser todavía capaz de emitir algún sonido que no fuera gutural, de emitir sonidos que los demás entendían. De las voces de los demás no se sorprendía tanto, gracias a la tele y, la mayoría de las veces, a las de la radio. Aun así, se sentía reconfortado cuando “la última” se dirigía a él y emitía palabras que llegaban a sus oídos. La conversación en directo era algo con lo que ninguna radio ni tele podía competir. Palabras que salían de su boca y eran escuchadas, palabras que salían de otras bocas y que él escuchaba.

Pero con un tiro en la barriga no tenía posibilidad de decir ninguna palabra y, si la dijera, nadie la escucharía. Mientras la sangre iba saliendo de su abdomen, sí, de su abdomen, y encharcaba el suelo alrededor de su cuerpo, no podía salir nada de su boca que no fuese un grito de dolor. Pero no, no era eso lo último que quería escuchar antes de morir, y apretando los dientes contuvo el grito dentro de su boca.

La sangre salía, pero no tan deprisa  como se podía esperar de una situación similar. Sabía que iba a morir, pero lo estaba haciendo lentamente. Pensar, pensar, pensar era lo único que podía hacer, pero ¿en qué?. No, no iba a hacer en esos momentos un recorrido por su vida. Bastante jodido estaba como para encima amargarse por la sucesión de fracasos que representaban los años en los que había vivido. Por un momento, su cabeza le llevó a buscar al culpable del tiro. ¿Quién habría sido el capullo?.

Un rápido repaso y nada, no encontraba ninguna razón por la que nada ni nadie quisieran pegarle un tiro. Puede que no fuera un santo, pero estaba convencido de no haber hecho daño a nadie, al menos conscientemente, al menos en los últimos años. Su vida de reclusión autoimpuesta hacía que su relación con el mundo se limitara a la compra en el mercado, cada tres días, o incluso más espaciadamente. En el camino procuraba no meterse en líos, no mirar mal a nadie, no hacer nada que no fuera andar con los ojos sobre la acera. Si se encontraba con algún conocido el saludo era correcto, pero lo suficientemente distante como para indicarle al otro que esa era toda la conversación que iba a tener. A diferencia de con “la última”, la conversación con conocidos no le apetecía nada. El “¿cómo vas de lo tuyo?”, el “¿alguna novedad?”, el “ánimo, que todo se arreglará”, eran frases que ya no quería escuchar. Sí, esas conversaciones repetidas, esas palabras iguales que salían de todas las bocas de los conocidos, eran como martillazos y ya no las aguantaba. Nada que ver con las palabras que intercambiaba con “la última”, una desconocida, que seguiría siendo desconocida después del intercambio de palabras, alguien que no sabía nada de su pasado ni sabría nada de su futuro.

Futuro. Resultaba curioso pensar en el futuro ahora que estaba ahí, tirado en mitad del salón, con un tiro que le estaba desangrando, poco a poco. No, no iba a rezar. Se negaba a terminar su vida suplicando una salvación. Había vivido correctamente y, si aquello no era suficiente, que se fuera a hacer puñetas el paraíso que le esperaba si, para conseguirlo, tenía que acabar suplicando. No podía decir eso de que moriría con la cabeza alta porque su postura, tirado en el suelo, con la boca apretada para evitar gritar, con las manos sobre la barriga para intentar detener la hemorragia, no era una postura de cabeza alta. Pero sí, la tenía. Aunque fuera mentalmente pero tenía la cabeza alta, erguida, orgullosa de, a pesar de todo, haber podido llegar hasta ese momento, de haber podido vivir sin hacer daño a nadie, de haber podido vivir.

Así, con una leve sonrisa de orgullo, expiró.

Cuánto ha tardado en morir el cabrón, pensaba desde el edificio de enfrente, desde la azotea, el soldado israelí que le observaba. Había apuntado al corazón, pero el tiro le salió bajo. Tendría que corregir la mira telescópica. Dirigió dos palabras al micro que le colgaba desde la oreja: "sospechoso abatido".